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sábado, 20 de febrero de 2010

Primeros años, 1969-1972


Tengo recuerdos desde mis dos años de existencia; hay imágenes borrosas de situaciones que viví en aquella casa grande que sirvió de primera morada. Quedaba en los límites del casco central de Guanare, sector El Cementerio; precisamente la calle al frente de la casa daba al final al Cementerio principal de la ciudad de Guanare. Hoy ya no se entierran cuerpos allí, pasó a ser el Cementerio viejo, pero sin duda fue mi primera cercanía con el dolor y la angustia indescifrable de la muerte.

En mis recuerdos aparecen imágenes de gentes llevando a sus muertos; gritando, llorando, adoloridos. Recuerdo que me colocaba en la ventana de mi casa y veía todas esas escenas; mis padres andaban en sus cosas y no me impedían ver aquello, para ellos mejor, les daba unas horas de tranquilidad. Recuerdo que veía con detalle cada procesión, cada camino emprendido de aquellos seres que iban a su último refugio. Me preguntaban qué hacían con esa caja de madera tan bonita que llevaban en hombros…Mi madre me dijo que la guardaban en el fondo de la tierra, en unos huequitos que hacían…Ya adolescente pude entrar al camposanto y ví las cruces, los relicarios, las ofrendas a toda esa gente allí guardada. Me impresioné.

Otro recuerdo que me llega es el de mi abuelo materno don José Añez; un hombre corpulento, de tez blanca, con rostro tranquilo; se casó con mi abuela, o se rejuntó, a los treinta años, después de haber vivido a intensidad su existencia. Doña Ramona Sánchez para ese entonces tenía catorce años. De la unión nacieron catorce hijos, todos muy distintos, todos muy particulares; el abuelo que recuerdo lo veo en imagen con su sombrero pelo de guama, con su cabeza ya casi calva; jugaba conmigo y en mis manos una metra inmensa que le lancé y el sin demostrarme dolor sólo me abrazó y me brindó un abrazo que aún siento en la piel. Es uno de los gestos de cariño que con mayor intensidad viví y que sin duda no ha desaparecido de mí.

Los otros momentos fueron con mi madre; sus modos de orientarme, de guiarme, de darme enseñanzas era fantástico. Una vez, en esa edad de 2 a 3 años, le pido a mi madre una escopetita de corcho; recuerdo que ese era el juguete porque en una de esas pocas salidas al centro de la ciudad me antojé de ese juguete y se lo pedí con insistencia. Me dijo que me lo daría al llegar ella por la tarde, pero que tenía que si me portaba mal con la muchacha que me cuidaba sería reprendido. Ese día no sólo le lancé zapatos a la chica sino que la mordí; mamá al llegar me escondió el regalo y no sería sino después de mucho llanto y entrada la noche que me quitaría el castigo. Recibí de al fin mi juguete pero nunca olvido sus palabras al reprenderme: “…debes entender que toda causa tiene su efecto…Lo que se hace se paga al doble…”

Esa ha sido parte de mi verdad: he pagado dos, hasta cuatro veces mis actos en vida. No tuve muchos amiguitos; mis vecinitos, contemporáneos conmigo, compartían alguna que otra situación. Detrás de mi casa había una gallera, esos espacios fueron mi parque de juegos, mi lugar de compartir y soñar. Los gallos mis amigos. Conversaba con ellos en esas jaulas pequeñas que los asfixiaban; a uno le llamé “tribilín”, era largurucho y casi sin plumaje, había transitado por varias batallas; otro “Juan”, en honor a mis tíos que vivió en casa con nosotros. Esos tíos no sólo me mantenían a raya, sino que me jodían cada vez que algo les hacía papá o mamá. No les gustaba seguir las reglas, pero eran una nota alegre en casa, hacían del paisaje del hogar un ambiente de familia, de gente, de compartir…

Al cabo de un tiempo me fui acostumbrando a ellos, hoy puedo decir que fueron un ejemplo de cómo no deberían ser los amigos. Nos mudamos al poco tiempo; no muy lejos, relativamente cerca de donde estaba la casa grande. En la nueva casa, que tenía al frente la plaza Henry Pittier, pasaron los mejores años de aquellos días. Me disfracé por vez primera como un payasito, ya rondaba los tres años y medio; recuerdo que me sacaron un rato, llegué hasta la esquina y me devolví, ese fue mi gran desfile entre mis vecinos. En aquella plaza aprendí a patinar y a andar en bicicleta. Hice muchos amiguitos, pienso que fue un tiempo en el cual viví muchas cosas…Fue un tiempo de aprendizaje, de comprender mis capacidades y mis debilidades. Hice el peor negocio de mi vida: cambiar un barco de juguete inmenso por un carrito de metal; ahí se evidenció que no sería un buen comerciante, sobre todo que siempre viviría al límite en cuanto a dinero se trata.

Me acuerdo de una amiguita que vino de vacaciones a casa de una vecina; era linda, catirita, blanquita. Compartimos juegos, me quedaba observándola con gran interés; era linda, muy linda para aquellos ojos míos tan infantes. Me marcó el azul intenso de sus ojos. No estuvo mucho tiempo, partió rápido, se fue y como apenas tenía cuatro años no sabía qué pedir para saber de ella. Una tarde salí a la plaza, la esperé y no vino. Luego oí a mamá decirle a papá que la amiguita de Ramón se había ido a su casa en Valencia.

¿Valencia? Me pregunté entre mis adentros, seguro eso quedaba muy lejos; hoy cada vez que paso por Valencia miro con fijación a los lados de la vía a ver si por esas cosas de la vida logro tropezarme de nuevo con esos ojos azules que me cautivaron. Ese fue mi verdadero amor, o quizás mi primer acercamiento a algo que se llame amor, afecto, ternura,…piel.

Aquellos años no fueron muchos; pasando a los cinco años mis padres se arriesgaron a mudarse a una casa ya propiedad; allí comienza otra historia.